Caprichos del destino

Saltó de la cama para dirigirse a la ducha, le esperaba un duro día de trabajo. Reuniones, presentación de proyectos, aceptación por parte de los clientes y el estrés de que todo salga bien.

Tras terminar de arreglarse cogió su maletín y se marchó. Bajó al garaje, arrancó su coche y salió a toda pastilla, tal y como vivía la vida.

Era una persona un tanto peculiar, egoísta, con muy buena planta, sin sentimientos, egocéntrica, nadie le hacía sombra, era el mejor en todo lo que se proponía. No necesitaba compañía, hacía lo que le apetecía sin dar explicaciones, se creía superior, trataba a la gente con la punta del pie. Todo eso unido a la falta de humildad hizo que se creara numerosos enemigos. Era tan insoportable. Pero a él todo le daba igual, no los necesitaba, le gustaba su vida tal y como era.

Sin embargo aquella mañana el destino se cansó de él, como ya lo había hecho el mundo que le rodeaba. Decidió darle un escarmiento, había sido demasiado benévolo hasta el momento, se acabaron las oportunidades, había conseguido agotar toda su paciencia. Fue entonces cuando, sin saber muy bien como perdió por completo el control de su fabuloso automóvil y se estrelló contra la mediana a toda velocidad.

Al principio sintió un fuerte dolor en la espalda tras el impacto, su cara estaba ensangrentaba y un mareo continuo le hizo perder el conocimiento.

Despertó tras unos días en coma sin saber que había ocurrido, no recordaba nada, tan solo el coche, la carretera a toda velocidad y oscuridad. Comenzó a palparse, no sentía las piernas, por más que las pellizcaba no lograba sentir nada, empezó a agobiarse, jamás había tenido una sensación así. De repente comenzó a gritar con desesperación. En pocos segundos se encontró rodeado de gente con batas blancas que le pedían que se tranquilizase.

Estaba tan confuso, no entendía nada, necesitaba que le contase que había ocurrido, entonces a lo mejor conseguía calmarse. Después de realizarle algunas pruebas y medicarle con tranquilizantes consiguieron hablar con él.

Había tenido un accidente que le dejó en coma durante algunos días. El impacto fue muy fuerte pero había conseguido salvar la vida aunque no sus piernas. Una lesión en la columna le dejó en silla de ruedas. No volvería a caminar.

Lo más duro no fue solo eso, una extraña sensación se apoderó de su cuerpo, nunca antes había sentido algo así, la soledad acababa de aparecer en su vida con intención de quedarse. Comenzó a llorar, lo hizo como nunca, su vida había cambiado para siempre, no le quedaba nada. Nadie se había preocupado por él en ningún momento. Los médicos le explicaron que intentaron contactar con familiares pero no hubo manera.

No tenía nada que reprochar, se había portado tan mal, empezaba a ser consciente de su terrible comportamiento, del daño que había provocado, llegó incluso a entender  la actitud de todos ellos. Tendría que aprender a vivir sentado, le espera un duro camino por delante, el destino le había dado otra oportunidad pero esta vez desde una perspectiva totalmente diferente.

Sandra Raya Porcel

#Unavidaporerroroundestinosincorazon

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